-Mar, ¿cómo fue el
proceso de transformar el ratón de tela en ratón de papel?
-Hay personajes que
piden vivir su propia historia, que necesitan ser escritos y tener su “libro”,
no quedarse en la nebulosa de lo imaginado, tomar cuerpo y que su potencial se
desarrolle. Contarnos sus aventuras y su historia con pelos y señales.
Y eso pasó con Ratón.
Ratón comenzó siendo una cancioncilla con la que introducía un cuento de tela,
muy bonito, al que le puse palabras para compartir con los bebés en mis
sesiones. El ratoncillo que salía a pasear, solamente si no llovía, se perdía e
iba encontrando algunos animales, a los que repetía su canción. Hasta que, al
final, la serpiente (que se lo quería comer, por supuesto) lo asustaba y Ratón
corría y corría hasta llegar, por fin y como en todas las historias, a su casa.
El mecanismo era
perfecto. Un libro que me pedía ser contado. Que usaba portada y contraportada.
Que era totalmente circular. En fin, todos los elementos para no necesitar nada
más: tela, animales y canción que se repite.
Pero resultó que Ratón
tenía mucha personalidad y no quería ser un cuento solamente cantado. Él
necesitaba un libro de papel donde se nombrase y quedase constancia de su
personalidad y de todo lo que tenía que contarme.
Y así, de aquella
cancioncilla que presentaba a los bebés, vino Ratón a explicarme de su pequeña
obsesión con la limpieza y con la guitarra. Y de cómo la vida implica
mancharse, caminar, cansarse y seguir adelante, a pesar de todo. Responder a
los enigmas para que nos vayan ofreciendo sus regalos y abriendo las puertas.
Poder descubrir los misterios de lo que nos es ajeno. Porque enfrentarse al
miedo (a veces sin querer) nos puede hacer cambiar de posición respecto al
mundo: abrir la puerta a la vida y a las aventuras que conlleva vivir, a pesar
de las dificultades. Y regresar a casa, y seguir cantando, siempre.
- ¿Por qué la rima está tan presente en tus textos para la primera infancia?
-El territorio de la
primera infancia es el reino de la rima. El eco, la ecolalia, la repetición, el
“otra vez”, “otra vez”.
La rima es el cantar
del lenguaje, la música de las palabras, y la infancia necesita ser en-cantada,
hechizada por el misterio y, a la vez, se convierte en un salvavidas, en una
cuerda que da seguridad.
Cuando hay ritmo la
niña, el niño, puede controlar al lenguaje, el patrón se repite y eso es una
certeza a la que aferrarse. Llega la música de las palabras y la infancia se
agarra a ella como una tabla de salvación con la que llegar a navegar el océano
del lenguaje y, por ende, del pensamiento.
Otra vez, otra vez. La
rima nos canta el mundo y así nos apropiamos de él. Construir la memoria y el
pensamiento desde el ritmo es lo natural, lo que corresponde.
Dicen, incluso,
algunos científicos, que aprendimos a hablar gracias al canto de los pájaros:
imitar su trino fue clave en el desarrollo de nuestro lenguaje.
-Si hacemos un
recorrido por los libros que han llegado a nuestra biblioteca, observamos que el
tema de la casa se enlaza de un texto a
otro y gana espacio con el paso de los años. Aparece en A lo Bestia en “Abuelo Tortuga”, en el Haiku de la piel de Abecedario del cuerpo imaginado, en “con
la a” de Con el ojo de la i, en varios
poemas de ¿Qué soñarán las camas? y ya, como tema de todo el poemario, en Versos como una casa, en dónde
curiosamente hay un poema “¿Qué pasa?” en el que la casa puede estar construida
con viento, mar, fuego…elementos que retomas en Blanco como nieve. ¿Por qué las casas?
-Es, sin duda, una de
mis obsesiones creativas. Creo que podría escribir un ensayo sobre el tema. Las
casas simbolizan tantas cosas, tantos significantes se me han ido desvelando,
he ido descubriendo con ellas, que vuelvo una vez y otra. No son la única
obsesión: la niña (como símbolo), lo invisible, los sueños... cierto que, como
decía el poeta, siempre estamos escribiendo el mismo libro, el mismo poema.
Porque una realidad tiene tantos prismas, tantos matices.
Y bueno, escribimos lo
que somos, no tenemos otro material. Pero, los símbolos del inconsciente
tienen, siempre, su reflejo en la vida tangible (solamente hay que tener los
ojos abiertos para verlos ahí, resplandecientes).
Me resulta fácil hacer
un paralelismo con mi vida y mi relación con las casas. Durante muchos años me
sentí nómada, cambiaba de casa anualmente, a veces hasta dos veces en el mismo
año, eso me hizo acumular un total de más de 20 “hogares” en los que viví. Y
una sensación de no pertenecer a ningún lugar. Pero, cuando llegué a visitar
por primera vez, la que hoy es mi casa tuve una certeza: este será nuestro
hogar (en ese momento para mí y para mi hijo). No es una casa especialmente
hermosa, ni grande, pero tiene tierra y ranas. Yo llegaba de mi trabajo, un
trabajo que no amaba en absoluto, entonces me descalzaba y miraba alrededor,
eso me hacía sentirme bien. Ahora, si lo observo en perspectiva, la carga
simbólica de este acto (encontrar mi hogar) se me presenta con una gran
claridad. Fue el inicio de un proceso que me llevó, en escasos dos años, a
encontrar también mi lugar en la vida. Dedicarme, en exclusiva, a la escritura,
construir, poco a poco, mi hogar de palabras, mi refugio. E intentar habitarlo
al completo y sin concesiones.
Sí, la casa, la
morada, el hogar, creo, es mi mayor obsesión creativa. Y, dentro de ese mismo
concepto: lugar donde esconder(se), donde resguardar(se), estarían las cajas,
que creo que, como metáfora, para mí simbolizan lo mismo. Y ahí está La caja de
las palabras y algún texto inédito como “La caja mediana” y muchos poemas que
la nombran. Lo mismo con mis libros sobre casas, algunos íntegramente dedicados
a ellas: “Versos como una casa”, “Nicolasa, ¿y tu casa?” o “Blanco como nieve”,
pero también presente en mis otros libros de manera ocasional. Así, caja y casa, casa y caja.
Me gusta pensar que la
palabra poética, la poesía, es una casa, la casa del poema, la caja donde
guardar el lenguaje. Las palabras y letras como espacio físico y habitable. La
poesía es, para mí, un lugar, un hogar, un refugio, con sus habitaciones, sus
ventanas, sus estancias, su cocina...
También me interesa la
casa como metáfora del nacimiento: la memoria, el lugar desde el cual se
inician todos los viajes. La aventura de vivir. Los personajes salen de su
casa, viajan, y luego regresan. Eso es la vida y siempre hemos de tener un
lugar donde regresar. Pero la casa también representa el antes del nacer y
también la última puerta que atravesamos. Camino circular que se inicia en ella
y en ella termina.
Y a otra idea que le
he dado muchas vueltas (sobre todo en mi poesía para adultos, pero también se
puede “leer” en la infantil/juvenil, tal vez menos evidente) es la de cuerpo
como casa. Igual que el lenguaje es un lugar que habitamos, también el cuerpo
es un espacio, de piel adentro, la casa nuestra:
Piel. Es la casa
de todas
las caricias.
Abre la puerta.
***
¡Os esperamos en nuestra IX Maratón de cuentos!
¡Gracias, Mar, por ser casa de palabras para nuestra escuela!