Es el último día de clase antes del puente de Todos los Santos y, entre tanto barullo de brujas, telarañas y esqueletos, encontramos una pausa para la escucha atenta y la reflexión. El espacio para este encuentro mágico entre el libro y el lector es nuestra biblioteca escolar.
Ya conocíamos al autor, Wolf Erlbruch, porque El topo que quería saber quién se había
hecho aquello en su cabeza era un habitante de La Casa de la real gana actividad
con la que celebramos el Día de la Biblioteca y que habíamos continuado en días
posteriores buscando nuevos habitantes para nuestra casa y añadiendo otras obras
de los mismos autores que encontramos en nuestra biblioteca. La excusa perfecta para leer El pato y la muerte en esta exquisita edición del 2007 de Bárbara Fiore con la traducción del alemán de Moka Seco Reeg.
Desde la cubierta la figura del pato se nos presenta como
eje de la narración. Su figura se eleva en busca de trascendencia o
espiritualidad en un fondo blanco que deja mucho espacio para la reflexión.
Pasamos
unas guardas sin ilustración, los niños empiezan a sentir la tensión que genera
ese vacío, y contemplan en silencio como el pato vuelve la cabeza hacia la
izquierda en la página de cortesía,
avanza hacia la derecha en la página de
créditos
y gira hacia la izquierda en la portadilla.
No sabemos qué le ocurre.
El autor ha conseguido la empatía del lector que siente la angustia del pato al preguntar:
“¿Ya vienes a buscarme?”
El silencio se hace más denso mientras vamos pasando páginas en las que protagonista y antagonista dialogan.
Wolf Erbruch consigue, con poquísimos cambios, una gran expresividad en sus personajes. Con
el pato le basta cambiar el tamaño o la forma del ojo,inflarle o
desinflarle el pecho, girarle el cuello…y a la muerte, casi siempre con una
media sonrisa, le cambia la postura corporal (de frente y de perfil) moviendo manos y pies.
Y de pronto, un nuevo susto, el pato abandona la zona de seguridad, en el lado izquierdo de la página, y se sitúa en la parte inferior derecha, a modo de encabalgamiento, para crear expectación con lo que sucederá en la página siguiente.
"¿Te apetece ir al estanque? -Preguntó el pato. La muerte ya se lo había temido..."
La
muerte y el pato continúan sus diálogos filosóficos sobre lo que habrá después
de la muerte, siempre uno al lado del otro, hasta que el pato le propone a la
muerte subirse a un árbol. Y aquí se produce el momento de mayor tensión
narrativa, con esa sensación de que el pato va a hacer algo muy peligroso y, al
volver la hoja, encontramos una doble página con la única ilustración en la que
el pato y la muerte están situados en la parte superior de la página derecha,
con el texto a la izquierda:
El estanque se veía muy, muy abajo. Ahí estaba, tan silencioso...y solitario.
"Así que eso es lo que pasará cuando muera",
pensó el pato.
"El estanque quedará...desierto. Sin mí"
La vida y la
naturaleza seguirán su curso a pesar de que nosotros no estemos. Es la misma idea del poema de Juan Ramón Jiménez que tanto me impresionaba siendo niña:
"...Y yo
me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su
verde árbol,
y con su pozo blanco."
A
partir de este momento el pato acepta a la muerte como compañera y el desenlace
inevitable llega. Una muerte dulce y apacible.
"Le acarició para colocar un par de plumas ligeramente
alborotadas, lo cogió en brazos y se lo llevó al gran río".
De
nuevo un tópico literario, la vida como un río que fluye y que nos evoca los
versos de Jorge Manrique:
"Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar
que es el morir"
Los niños escuchan emocionados el final de la historia:
"Se quedó mucho tiempo mirando cómo se alejaba.
Cuando le perdió de vista, la muerte se sintió incluso un
poco triste.
Pero así era la vida."
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